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Como
ya apuntamos en el primero de estos reportajes, los minerales son una
fuente de fuerza y vitalidad para nuestro organismo. Su misión
es fundamental para un desarrollo correcto y para alejar las enfermedades.
La adecuada cantidad de minerales que tiene que recibir nuestro cuerpo
dependerá de la constitución y de las circunstancias que
rodeen nuestra vida.
La investigación médica ha intentado descubrir en los minerales
los beneficios que pueden aportar éstos al hombre según
su función. En algunos casos, se han definido las acciones de los
minerales de forma concreta. Solamente tenemos que coger cualquier analítica
rutinaria para comprobar los niveles mínimos y máximos que
se han estipulado y entre los que hay que colocarse para disfrutar de
una buena salud.
Magnesio, el transporte de los fosfatos
Este
mineral en concreto resulta fundamental a la hora de transportar los fosfatos
del cuerpo humano y en los procesos que tienen que ver con las enzimas.
La cantidad de magnesio en los adultos es de 25 mg. aproximadamente. Dentro
del cuerpo, se localiza combinada con el calcio y el fósforo en
las sales complejas de las que se componen los huesos. La sangre contiene
más calcio que magnesio pero los músculos tienen más
magnesio que calcio.
El magnesio queda absorbido por nuestro organismo y después se
libera gracias a la función renal y a las heces. Un 45% del magnesio
ingerido en las comidas es aprovechado mientras que un 55% se deshecha.
El intestino delgado y el estómago, el segundo en menor medida,
son los encargados de la absorción.
Las
tareas del magnesio dentro del cuerpo humano aluden al ATP que, al usar
la glucosa por fosforilación anaeróbica o por la decarboxilación
oxidativa para la producción de energía desde las células.
También nos servimos de este mineral en la contracción y
relajación muscular.
Otra función del magnesio es la disminución de la excitabilidad
del sistema nervioso central. Específicamente, el magnesio inhibe
la liberación de acetilcolina. En cuanto al medio intracelular,
el magnesio equilibra el ácido-base, participa de la actividad
electrolítica celular, la respiración y los intercambios
entre las mismas.
Si
buscamos alimentos ricos en magnesio, podemos recurrir a los vegetales
de hoja verde, legumbres, frutos secos, algunas frutas y al pescado en
general. Así, una lista no exhaustiva contendría comidas
como la remolacha, las espinacas, el trigo, la avena, la patata, la zanahoria,
las almendras, las nueces, las avellanas, las castañas, el arroz,
las cerezas y los plátanos, entre otros.
El magnesio ejerce una acción antiinflamatoria, protege contra
infecciones, mejora la resistencia ante el estrés, el frío
y la fatiga. La ansiedad, el insomnio, el exceso de emotividad hacen que
se descarguen cantidades de magnesio intracelular.
La
cantidad diaria recomendada alcanza los 350 mg. en el hombre y los 300
mg. para la mujer. Los niños demandan 150 mg. al día. El
embarazo y la lactancia eleva este nivel hasta los 400 mg.
Una dieta pobre en magnesio puede producir, espasmofilia, temblores,
depresión, vértigos, confusión, arritmia, alopecia,
artritis
los casos de déficit de este mineral se observan
en pacientes dependientes del alcohol, que han sufrido quemaduras, diarreas,
vómitos excesivos, cirrosis o cáncer. La falta de magnesio
está unida a las carencias de potasio y calcio.
Cuando el magnesio alcanza niveles tóxicos en nuestro cuerpo,
la somnolencia, las arritmias y la paralización muscular suelen
ser los primeros síntomas.
Zinc, esencial para las enzimas
Los
órganos en los que el zinc se halla son el páncreas, el
útero, la próstata, el hígado, el riñón,
la piel, las uñas, el pulmón, los huesos, los ojos, las
glándulas endocrinas, el cabello, etc. Se trata de un elemento
esencial para cerca de 80 enzimas vitales para el metabolismo. Después
del hierro, es el oligoelemento más importante en concentración.
La sangre contiene un 66% de zinc unido en forma lábil a la albúmina,
mientras que un 34% se encuentra estable en las distintas globulinas.
Se elimina casi totalmente por la defecación. La excreción
urinaria comprende los 0,4 - 0,6 mg. en un periodo de 24 horas. También
el sudor libera zinc del cuerpo hasta el litro.
Los sistemas enzimáticos se sirven del zinc, sobre todo en los
que tienen que ver con la anhidrasa carbónica, carboxipeptidasas,
aminopeptidasas, fosfatasa alcalina, etc. En cuanto a la formación
del ADN, el zinc juega un papel muy importante y también con el
ARN y las proteínas. Interviene asimismo en la producción
de óvulos y de espermatozoides.
Participa
en el sistema inmunológico, en la cicatrización de la piel
y en la agudeza de los sentidos del olfato y del gusto. Este mineral va
desapareciendo de nuestro cerebro a medida que aumenta nuestra edad, al
igual que pasa con el magnesio, todo lo contrario de otros minerales como
el hierro o el cobre. Señalar igualmente que el zinc equilibra
el ácido-base, interviene en el metabolismo del calcio y los ácidos
nucleicos y en la creación de glóbulos blancos y rojos además
de resultar indispensable para ciertas vitaminas.
Las dietas suelen proporcionar unos niveles de zinc de hasta 15 mg, diarios,
cantidad suficiente. La demanda de este mineral también depende
de la edad, el estado y la constitución del individuo, siendo vital
durante la gestación, el desarrollo del feto y la lactancia.
El
hígado, las carnes vacunas, el cerdo y el cordero presentan altas
concentraciones de zinc, mientras que en el pescado, los vegetales y en
las legumbres su presencia es menor. Particularmente, podemos reseñar
a la remolacha, el trigo, el maíz, las coles, la lechuga, la espinaca,
el melocotón, la zanahoria, el champiñón, la yema
de huevo o el marisco.
Los niños con falta de zinc presentan dermatitis, pero a cualquier
edad, los síntomas de una carencia de este mineral puede devenir
en el aumento de infecciones, enanismo, deterioro de los sentidos del
gusto y el olfato, disminución del apetito, mala cicatrización
y alopecia. A veces, los bajos niveles de zinc tienen que ver con alimentos
que imposibilitan recogerlo como los filatos de los cereales y el hexofosfato
de inositol de las hortalizas.
En exceso, suele darse cuando se abusa, por ejemplo, de la comida enlatada
o se trabaja con planchas de metal o galvanizados. Los síntomas
comprenden los vómitos, diarrea, disminución de reflejos,
etc.
Sodio, cuidado con la sal
Este
mineral, junto con el potasio, regula el equilibrio del líquido
extracelular. Por medio del riñón, se regula la homeostasis
del sodio. Otra tarea importante de la que se encarga el sodio, se relaciona
con la acción interna celular, puesto que interviene en la conducción
de los impulsos nerviosos.
La fuente de sodio más conocida es la sal común o cloruro
de sodio; en el resto de alimentos, la cantidad de sodio es más
baja, a no ser que por procesos de salazón, ahumado o conserva,
se haya aumentado el sodio de base. Ejemplos son las aceitunas, la panceta,
la mantequilla y los ahumados como salmón, trucha o palometa.
Aunque
la necesidad mínima de sodio sea de entre 90 y 100 mg. al día,
las comidas normales aportan mucha más cantidad; hasta incluso
los 7 g. diarios. Es vital no abusar de el porque aumenta la tensión.
Su absorción tiene lugar en el yeyuno principalmente mientras que
la liberación del sodio se realiza a través de la sudoración.
La carencia de sodio se llama hiponatremia y el exceso, hipernatremia.
Hasta la primera se puede llegar por restricción dietética,
uso de diuréticos e insuficiencia renal y se manifiesta en pesadillas,
apatía, falta de aire y fatiga, anorexia, psicosis, delirios, cefaleas,
etc. La hipernatremia aparece por deshidratación, quemaduras, alimentación
por sonda, letargo, convulsiones, entre otros.
Reportaje recomendado:
Los minerales
en la dieta (I): calcio, hierro y fósforo
Redacción/Platodeldia.com |